
Él es un forastero, un desconocido, casi nadie sabe cual es su nombre y la mayoría de la gente ni siquiera sabe de su existencia. Al pasar por su lado, la gente apenas repara en él, y los pocos que lo hacen le miran sin mucho interés. Para ello es normal, es uno más del montón. Pero los pocos que le conocen aseguran que es especial, que tiene un "no se que" que les hace sentir bien cuando están cerca de él. Es de pequeño tamaño pero eso no le impide tener un gran corazón. Todo él rebosa de alegría y entusiasmo que contagia a los demás adonde quiera que vaya; y aun en los días oscuros de tormenta y niebla, sigue emanado toda esa felicidad que le caracteriza
Es muy pacífico y tranquilo y se mantiene siempre sosegado, tanto que cerca de él se puede respirar paz. Es divertido y honrado, respetuoso con los ancianos y con todo el mundo. Se le puede ver muchas veces entablando una animada charla con las vecinas en la cola del pan, en el huerto recogiendo acelgas o en los bancos del arroyo, donde por las noches se sienta al fresco para ver las estrellas y escuchar a los grillos. A veces incluso hace paseos hasta el Hontanar, la Parra, el Guinchón o los Villares y se queda allí a merendar con sus amigos. En invierno, cuando los días son más cortos, se acerca al bar y allí juega alguna partida al guiñote o al parchís, se une a alguna conversación interesante o simplemente ve el partido con los conocidos, pues es mucho más emocionante que verlo en casa.
Aunque muy pocos conocen su nombre yo sí que lo sé, y todos vosotros también lo conocéis, pues su nombre es El Pedregal. Y estaréis de acuerdo conmigo en que todas estas cosas le convierten en especial, en un pueblo distinto a los demás en el que todos hemos vivido muchos momentos inolvidables, en un lugar que mucha gente desconoce pero en el que no hay desconocidos, y es que digan lo que digan, nuestro pueblo es único, es ESPECIAL.
Andrea Clemente
(Sexma n. 54, verano 2005)
